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Donde pasar el mejor verano en Latin America

Salvador de Bahía rezuma aroma de dendé; ese aceite de palmera que adereza gran parte de los menús de la gastronomía brasileña más famosa; resulta inevitable escapar de esa somnolencia placentera que ataca nuestras células cuando nos movemos por las calles de su casco viejo, salpicadas por la típica arquitectura colonial multicolor que tantas obras pictóricas naif ha motivado. No olvide de llevar a mano su tarjeta crédito y empiece a notar como ese denso perfume tropical se hace inconfundible nada más bajar del avión y embriaga antes de conocer su procedencia.

Sólo al adentrarnos en sus playas aquel olor se entremezcla con matices salinos herederos de las espumosas olas de un mar teñido de tonalidades esmeraldas, típicas del litoral de este hospitalario país.

Ya fuere en Itapoã, cuna de las primeras bossa novas que imaginaran João Gilberto, Vinicius de Moraes y Jobim, donde fácil es acabar reunido con intérpretes espontáneos entonando melodías audaces arropadas de acordes de guitarra complejos, al amparo de interminables secuencias de caipirinha… como en cualquier otra de sus áreas arenosas: Praia do Forte, con su centro de protección de tortugas marinas y a menos de 2 horas de la ciudad; las del Faro de Santo Antônio, repletas de deportistas pugnando por sus esféricos en contiendas de voley-playa; o accediendo en transbordador a Ilha de Itaparica, islote que protege la misma bahía y que nos regala vistas oceánicas infinitas que abarcan el perfil inconfundible tanto de ciudad como de costa.

La artesanía bahiana es uno de los muchos atractivos que ofrece este puerto a la hora de atesorarnos de recuerdos sólidos. Tentador resulta adentrarse en su Mercado Modelo y asustarse con las miles de esculturas y motivos de uso en ceremoniales mágicos y religiosos. Tanto tesoro incitando a ser adquirido con sólo dejar caer la mirada a lo largo de los tenderetes de artesanos que nuestro equipaje puede multiplicarse por 10 en apenas minutos de recorrido. Las tallas que trabajan los artistas salvadoreños cautivan tanto por el nivel de detalle como por la mezcla de belleza e inquietud que reflejan sus perfiles, diseñados en el contexto de la macumba y maculele más nativa e inspiradora.

De noche será inevitable no reunirnos en uno de esos centros folclóricos donde se nos obsequiará con acrobacias de capoeira jamás vistas ni en la más memorable competición olímpica. Allí seremos testigos de rituales inesperados, fruto del sincretismo de diversos cultos importados de las distantes orillas africanas durante el trasiego de esclavos de siglos pasados.

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